Mar. Nov 24th, 2020

Columna La hora del Lobo: contra los escritores

Federico Campbell

                                                                                                                                                                                                                                   Para Antonio Heras, de
Mexicali, en solidaridad
A Jorge Luis Borges le parecía muy raro algo que la gente suele suponer: que las mayores inteligencias pertenecen a los literatos. No, dice, “losescritores le han hecho creer al mundo que ellos son los verdaderosintelectuales, pero la mayoría de ellos carece de vínculos con elintelecto”.
  No carece de verdad esta irónica provocación del escritor argentino. Laliteratura, según él, es un entretenimiento que corresponde a convenciones, del que un día la humanidad se cansará.
  “La admiración por los escritores tiene que pasar. No puede seguir este error de tomar a los escritores por la gente más inteligente.”
  Pero ¿por qué será que el libro de un escritor trasciende más que el de otros intelectuales (sociólogos, científicos, economistas, filósofos) que tratan un cierto tema? El libro que perdura y más se lee sobre el ser del mexicano es El laberinto de la soledad y no otros de su misma especie, como el de Américo Castro, La realidad histórica de España.
  Muchas veces el historiador o el sociólogo son estupendos catedráticos, pero al escribir sus ideas caen en el equívoco de suponer que la escritura es mera transcripción de habla. Y no pueden ser muy amenos.
  Lo cierto es que un intelectual no literato no podría llegar a las sutilezas de Borges. El hombre de letras hila más fino que un ensayista de la comunicación o de  “ciencias políticas”. El escritor descubre y hace conexiones, sabe relacionar una cosas con otras de una manera en que no lo harían otros intelectuales. La literatura lo provee de ese sistema de relaciones.
  Marshall Mcluhan, previsor de lo que está ocurriendo ahora con los medios y la aldea global, no era científico ni ingeniero ni comunicólogo ni antropólogo, y escribió La galaxia Gutenberg y Understanding Media mejor que nadie. Era profesor de literatura inglesa en la Universidad de Toronto, Canadá. Daba clases sobre Shakespeare. Maquiavelo no era filósofo: sólo tres de sus trece obras tienen que ver con lo político. El autor de El príncipeera un hombre de letras; la mayoría de sus libros son obras literarias.
  De los indios de México se sabe más por las crónicas de Fernando Benítez, escritor, que por los rigurosos estudios de los antropólogos.
  Otros autores, como Kurt Vonnegut, insisten:
  “Eso es lo que me parece alentador del oficio de escribir. Que le permite a gente mediocre, paciente y tenaz, disimular su estupidez y presentarse a sí mismo como persona inteligente. También le permite a los locos parecer más sanos de lo que realmente son.”
  Pero el más ponderado se llamaba Erskine Caldwell:
  “No hay que olvidar que un escritor es una persona sencilla como cualquier otra. No es una gran inteligencia, no es un gran pensador, no es un gran filósofo; es un contador de historias”.
  Ha periclitado el mito del escritor como ser especial. O como “conciencia de la sociedad”. El último tal vez fue Jean-Paul Sartre. El escritor no es un ser excepcional ni tiene por qué tener más obligación política que cualquier otro ciudadano. Ya no es un ejemplo a seguir (como antes Antonio Caso, José Vasconcelos, Octavio Paz, Cosío Villegas, José Revueltas) en una sociedad como la mexicana en la que muy poco leen libros. Los verdaderos guías espirituales de la nación son los locutores de la televisión.
  Decir que Juan Rulfo no era un intelectual no va en su desdoro. Basta decir que es el mejor novelista mexicano de todos los tiempos y uno de los grandes en cualquier lengua.

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