Crónicas de Ciudad: Déficit de Banquetas

Rosa Espinoza
Mexicali.- Hemos perdido la ciudad, ya no nos pertenece, no la andamos. Las aceras no son lo que solían ser: un espacio para reconocer nuestra calidad de propietarios de este terruño de arena y sudor.

Uno anda y la ciudad es otra, es tuya, de ti, para ti. Cuando acudimos a las vías en el coche no ubicamos locales, casas, hospitales; nuestra brújula está limitada. En el auto la visibilidad es apocada por la exigencia del tráfico, el carro trasero que lleva prisa, mal humor, estrés, y su claxon intriga la mirada curiosa, la disipa. Entonces se avanza en primera y a esa velocidad la ciudad ya se te fue.

En cambio, andas la ciudad y con tus pasos puestos descubres rincones, clínicas de medicina china, florerías con orquídeas japonesas, estanquillos y cocinas populares con olor a frijoles de olla y tortillas en comal.

En tu travesía la escuela y sus recreos evocan, con el griterío, infancias remotas. La memoria es un desfile, no vuelves a ser el mismo con tus pies sobre la calle.

Caminar sobre las aceras te recobra, te devuelve al infante que fuiste, al escuincle que despavorido corrió bajo los árboles sembrados para dar anonimato, y en tu pecho escondiste la travesura de tocar un timbre para no ser nadie, para ser un prófugo. Ahí, en esa orilla de la calle, logras avanzar mil metros mientras la señora de la casa reparaba en que había abierto la puerta en vano.

Suelo andar la ciudad por sus calles y callejones en mi rutina diaria, así incorporo a mi sistema un poco de oxitocina, ordeno mis ideas, ejercito mis piernas y descubro pedacitos de ciudad que apropio como las flores de bugambilia.

Esta ciudad ya no se trajina, ha dado preferencia a los carros, a las bicicletas que organizan rutas para sus llantas afiladas, a los camiones colectivos y de corporaciones obreras para evitar a los peatones potenciales su transitar por la ciudad pavimentada. Poco a poco perdimos la maravilla de andar por las aceras para arribar al punto deseado, al que sea, no importa, malgastamos lo valioso del paseo que le gana pulsos alegres al corazón.
Y no sólo hemos perdido las banquetas, las hemos violentado, las hemos convertido en estacionamiento de grandes coches, hemos permitido que la raíz de la arboleda las corrompa con su tubércula agresión.

Permitimos que las ramas invadieran el paso para evitar al transeúnte curioso que atraviesa su mirada entre las cortinas.

Hacia el norte, en las colonias viejas, las aceras son un estorbo para el predio del propietario, que monta sus coches en ellas para sofocar el paso del andante; en el sur de la ciudad las banquetas son nimias, poca cosa, apenas cabe uno y a cada paso encuentra un arbotante que ilumina pobremente la noche, pero interrumpe el ritmo de los pies.

Nadie quiere a nadie andando. Los peatones son seres sospechosos, indigentes que incomodan la mirada, asesinos potenciales o ladrones. Para algunos, andar por las esquinas sólo porque sí, es un acto inútil y cansado.

Caminar no debe ser un riesgo, un acto de valentía, un desafío. Caminar por la ciudad es un acto de amor, un gesto que recobra nuestra ciudadanía, porque andando hacemos ciudad.

(*) Editora y escritora. Premio Nacional de Literatura Dolores de Castro 2017 en el género de narrativa.

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